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Función renal y dietoterapia de la ERC

Los riñones no solo filtran residuos. Son órganos endocrinos, reguladores silenciosos del equilibrio interno. Cada día procesan más de 150 litros de sangre para mantener constante el entorno bioquímico en el que todas las células viven. Sin ruido, sin queja, sin síntomas. Pero lo hacen todo.

Una de sus funciones más ignoradas es la regulación ácido-base. A través de la excreción de iones hidrógeno y la reabsorción de bicarbonato, el riñón evita la acidosis metabólica, una condición que debilita músculos, huesos y neuronas. En situaciones de daño renal, esta capacidad se deteriora, y el cuerpo comienza a acidificarse lentamente. No es algo que se sienta en el momento, pero sí se traduce en fatiga, pérdida muscular, osteoporosis precoz y mala tolerancia al ayuno o al ejercicio.

Otra función crítica es la del equilibrio mineral. Los riñones regulan la cantidad de sodio, potasio, calcio, fósforo y magnesio en sangre. El magnesio, en concreto, es un mineral cofactor de cientos de reacciones enzimáticas, crucial para la estabilidad eléctrica del corazón, la relajación muscular y la síntesis de ATP. Cuando la función renal se altera, el manejo del magnesio también se ve comprometido. Puede haber pérdidas inapropiadas (hipomagnesemia) o acumulación si el filtrado está muy disminuido, lo que afecta la neuromodulación, el estado anímico y el ritmo cardíaco.

Además, los riñones producen eritropoyetina, que estimula la médula ósea para fabricar glóbulos rojos. También convierten la vitamina D en su forma activa (calcitriol), indispensable para absorber calcio y regular el sistema inmunológico. Y secretan renina, que participa en la regulación de la presión arterial.

Desde la perspectiva clínica, esto significa que cuando el riñón comienza a fallar, no solo sube la creatinina: se alteran el calcio, el potasio, el fósforo, el pH, la presión arterial, el hierro, el magnesio, la energía. Y el cuerpo entra en una fase de adaptación forzada, en la que cada decisión nutricional empieza a tener consecuencias fisiológicas directas.

Los riñones también expresan una proteína llamada Klotho, conocida como una de las moléculas más vinculadas a la longevidad. Klotho modula el metabolismo del fósforo, protege frente al daño oxidativo y regula señales celulares implicadas en el envejecimiento. Cuando la función renal disminuye, los niveles de Klotho caen, acelerando procesos degenerativos en huesos, vasos sanguíneos y cerebro, mucho antes de que se detecten alteraciones en la analítica convencional.

Los riñones son órganos silenciosos que no se quejan

Los riñones no se quejan. No duelen. No avisan. Pueden perder hasta un 60% de su capacidad de filtrado sin generar síntoma alguno. Por eso se habla de enfermedad renal crónica como un enemigo silencioso: avanza, lentamente, sin hacer ruido, mientras tú sigues con tu vida.

Muchas personas descubren un problema renal por casualidad, al hacerse una analítica de rutina. En otros casos, el diagnóstico llega tarde, cuando ya hay fatiga, hinchazón, hipertensión persistente o niveles anómalos de potasio o fósforo. Pero en todos los casos hay algo en común: el daño comienza mucho antes de que el cuerpo lo exprese de manera clara.

Cómo detectar el deterioro antes de tiempo

Hoy disponemos de marcadores funcionales que permiten saber si el riñón está sufriendo incluso antes de que la creatinina se eleve. La más conocida es la Tasa de Filtración Glomerular Estimada (TFGe), calculada a partir de la creatinina, la edad y otros factores. Pero hay más:

  • La cistatina C permite evaluar con más precisión el filtrado en personas sin masa muscular abundante.
  • El análisis de orina completo puede mostrar presencia de proteínas, células inflamatorias o glucosa que no deberían estar ahí.
  • Y la ecografía renal aporta información sobre el tamaño y la morfología, útil cuando ya hay sospecha clínica.

Factores que dañan el entorno renal sin que lo sepas

El riñón no trabaja solo. Está influido por todo lo que ocurre en el cuerpo: inflamación crónica, infecciones persistentes, desequilibrios metabólicos, estrés oxidativo, toxicidad farmacológica. Hay muchos factores que pueden dañarlo sin tocarlo directamente:

  • Hiperglucemia sostenida: eleva la presión intraglomerular y desgasta los filtros renales.
  • Presión arterial mal controlada: daña la red capilar que irriga el riñón.
  • Deficiencia de magnesio: agrava la sensibilidad a la insulina y la rigidez vascular.
  • Retención de fósforo: acelera el envejecimiento de los túbulos renales.
  • Acidosis oculta: se instala cuando la dieta es muy rica en proteína oxidativa o cuando hay fallo tubular, y no siempre se refleja en el pH de la sangre.

Incluso el uso crónico de analgésicos comunes, inhibidores de bomba de protones o antibióticos sin ajuste puede afectar el filtrado a largo plazo. El riñón es resistente, pero no invencible.

Seguir el tratamiento médico de forma responsable

La enfermedad renal crónica es un proceso prolongado que requiere constancia, criterio y colaboración. El tratamiento suele ser largo, y no seguirlo adecuadamente puede acelerar el deterioro.

Es fundamental respetar las pautas prescritas por el médico, sin interrumpir la medicación por cuenta propia ni sustituirla por remedios caseros cuya eficacia o seguridad no esté comprobada. Los pacientes con ERC deben ser especialmente cuidadosos con el uso de fármacos que puedan resultar nefrotóxicos, incluso si son de venta libre o naturales.

Ahora bien, no se trata de desconfiar de todo. A veces, por miedo a dañar más el riñón, algunos pacientes rechazan medicamentos clave como los antihipertensivos o antidiabéticos. Pero el control estricto de la presión arterial y de la glucemia es esencial para frenar la progresión de la enfermedad renal. De hecho, algunos de estos fármacos tienen efectos renoprotectores demostrados.

Por eso, con ERC es vital mantener una comunicación constante con el equipo médico, informarles de cualquier cambio en la alimentación o el estilo de vida, y consensuar cada paso para construir un tratamiento realmente efectivo y adaptado.

Desde Jiwa Nutrición, diseño adaptaciones dietéticas personalizadas que evolucionan en función de la analítica, la adherencia del paciente y su estado general. Siempre que el médico esté informado y dé su conformidad, estos cambios pueden integrarse de forma segura y eficaz en el tratamiento global. No hay una única dieta para la ERC: depende de estadio, comorbilidades y contexto.

Aunque trabajo con un enfoque bajo en carbohidratos en enfermedad renal crónica, no lo hago de forma rígida.
Cuando hay catabolismo o riesgo de pérdida muscular, es prioritario asegurar energía suficiente y estabilidad metabólica antes de forzar adaptaciones (40% de carbohidratos: herramienta anti-catabólica). La estrategia nutricional se ajusta siempre al estado clínico del paciente y a la fase de la enfermedad.

IMPORTANTE: El enemigo número uno en ERC es el catabolismo proteico (cuando el riñón destruye su propia proteína).

Con ERC, la clave está en la comunicación. El éxito no depende solo del medicamento o la dieta, sino de la capacidad del paciente, el dietista y el médico para trabajar juntos en la misma dirección.